De lo que escribo cuando pienso en la oratoria

De lo que escribo cuando pienso en la oratoria

Fue mi ego más joven fue el que respondió por mí después de que escuché:

“Un segundo lugar no es malo”

Acababa de perder el campeonato estatal de oratoria por tercera vez consecutiva.

Dicen que el fútbol es el juego del hombre. Entonces; la oratoria es el juego de la razón y la palabra. Mientras que en el futbol lo que deseas es lanzar una pelota para anotar un gol, en la oratoria lo que buscas es impactar con ideas desde un estrado a las personas que te escuchan. Una idea bien colocada estremece. A cambio, el público te regresa con un aplauso la onda la onda que provocaste.

Mientras mi madre y mi padre me mostraron los frutos de la paciencia; la oratoria me enseñó el resultado de la disciplina. Para el estudiante indisciplinado la recompensa es corta. Sin disciplina, te conviertes en tripulante de tu propio bote, controlado por las condiciones del mar para avanzar. Con disciplina, te vuelves capitán del barco que navega en el océano de las circunstancias. Las circunstancias podrían presentarse en forma de una garganta irritada, un mal sueño, alfileres de nervios en la nuca, la desconcentración y el olvido de las palabras adecuadas. La disciplina no significa recuperar el control, significa que a pesar de la adversidad, nunca lo has perdido. Y la única forma de afilar la disciplina es con la piedra de la paciencia.

La oratoria es disertar por medio de un discurso. El error del novato es pensar que el discurso inicia con la presentación. Un discurso empieza mucho antes: empieza la noche anterior en tu habitación, empieza desde las primeras palabras escritas, empieza justo al terminar el anterior discurso. Tuve la fortuna de contar con grandes maestras y maestros.

Los mitos: el pánico escénico y el bloqueo del escritor

Durante el turno de tu participación en el escenario, hay un momento en el que fluyes entre las palabras y los rostros de las personas que te escuchan se vuelven uno mismo. Y ese único rostro refleja lo que proyectas. Si proyectas seguridad se refleja atención. Si proyectas entusiasmo se refleja convencimiento. Hay personas que dicen temer al escenario. En realidad lo que temen es al dolor que les provoca el fallo. Equivocarse es parte del camino. Lo que pasan por el alto es que el camino para del progreso duele. Estancarse es fácil. Haces lo mismo. Cierras un discurso con las mismas frases. Recurres a citas de personajes para adornar tu participación. Crear es tu estilo es la parte difícil. Por ejemplo. Aquí te podrás cuenta del mío. Utilizo punto y seguido en lugar de comas. Porque al momento de hablar así enfatizo las palabras.

Otro mito extendido es el bloqueo del escritor. El bloqueo del escritor es una excusa para no sentarte y hacer lo que debes hacer: escribir. Punto.

Para escribir un buen discurso, necesitas escribir antes diez mediocres. Para escribir un gran discurso, necesitas escribir antes cien discursos buenos. Para escribir un discurso trascendente, necesitas una vida entera.

O tal vez dos.

Sobre la voz

No hay una voz bonita. Hay voces entrenadas. Yo no poseo una buena voz. Tengo una voz que pasó por miles de horas de entrenamiento.

A Demóstenes se le considera el mejor orador de la historia. Nadie sabe cómo era el timbre de su voz. Incluso se dice que su tartamudez lo llevó a entrenar con piedras en su boca. Se dice que para fortalecer su voz, hablaba en la orilla del mar por encima del sonido de las olas. Esto funciona. Mientras mi padre pescaba desde la playa, mi entrenamiento era el practicar la disertación de los discursos. Mi voz debía superar al sonido de las olas. Dolía. Cansaba. Enojaba. Y en serio que funciona. Tengo a cientos gaviotas de testigo. Yo no llegaré en esta vida al nivel de Demóstenes. Pero me gusta pensar que me preparo para superarlo.

La voz importa. Siempre que lo que digas sea sincero. La palabras honestas son a la voz lo que las perlas al cuello. Las voces bonitas no existen. Todo se construye. Hay personas que la tienen más sencilla por genética. Aún así deben entrenar.

Por último puedo decir que es fácil hablar en público. Lo es. El reto es volver ese momento memorable.

PS: un par de semanas después recibí una invitación para el certamen nacional de oratoria. Al preguntar el por qué de la decisión, me dijeron que preferían que fuese el representante en lugar del primer lugar.

PPS: escribo discursos todavía. El buen orador podrá perder su pluma pero nunca las ganas de escribir.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *