Si Batman fuese pobre

Si Batman fuese pobre

Si Batman fuese pobre, sería visto como un terrorista y no como un justiciero. Viajaría entre los vagones del metro con cubre bocas, combatiendo a los carteristas fuera del horario de oficina, los domingos y días festivos. Su gran amigo, Alfredo, ex agente de tránsito municipal de Ecatepec, lo esperaría fielmente después de la faena dentro de la cueva, la cantina del barrio tomando mezcal junto a Roberto, un joven limpia parabrisas que escapó de su casa de Infonavit porque cuando necesitó a un padre no lo encontró; por lo que tuvo que buscarlo afuera.

En este mundo, el Guasón es un multimillonario que usa Twitter para regalar entre sus seguidores diez mil pesos en crédito, válidos únicamente en una de sus tiendas. Es dueño de su propio banco, lo que le permite mover su riqueza para no pagar impuestos. Aunque explota a sus empleados, muchas personas lo admiran en secreto porque desean disfrutar de ese mismo poder acumulado después de años de ayudas, convenios oscuros y corrupción con el gobierno. Falta decir que la riqueza no es mala. La riqueza es un megáfono que amplifica lo que somos.

En este mundo, un Batman pobre parece un pobre individuo. Un individuo resentido por la muerte de sus padres. Agobiado por su incapacidad de mostrar su pena. Con apenas tiempo para pensar en su existencia. Con una tristeza en el fondo que lo obliga a deambular por las noches con la excusa de combatir el crimen cuando en realidad, lo único que busca es agarrarse a golpes con quien pueda. Cuando siente que un golpe ayuda a transmitir lo que duele por dentro; la golpiza se convierte en su única expresión.

En este mundo, Batman tiene muchas posibilidades enfrentarse al Guasón sin salir victorioso: el banco del Guasón es el dueño de la hipoteca de la casa de Batman. Los muebles que Batman paga en abonos chiquitos vienen de la mueblería del Guasón. El canal de televisión que etiquetó a Batman de terrorista es el canal “Haz Mueca” que también le pertenece al multimillonario villano.

Parece que no hay nada qué hacer. Parece que la rebelión de Atlas triunfó.

Lo único que le queda a Batman es reconocer su propia desventaja y convertirla en su estrategia. Ya que el juego tiene truco, entonces le toca aprender a jugarlo. Repartir madrazos por la vida todo el tiempo es jugarlo en modo imposible. Lo que aprende Batman es a deconstruirse. Salir del molde de héroe y formar uno propio. Rodar la carga sin convertirse en Sísifo. Construir su batiseñal. Hacer el llamado a otros que también vivieron su propia deconstrucción.

Derrumbar al Guasón no es suficiente ya que inmediatamente, otro Guasón ocuparía su lugar. Por lo que la culpa se transfiere a las reglas del juego que le permiten al Guasón hacer de las suyas. Batman en el colectivo puede empezar la rebelión. Una rebelión que exhiba los errores del juego y proponer la acción. Un juego brutal que con publicidad se empeña en convertir los limitados recursos del mundo en iPhone o zapatos Prada.

Al fin, dentro del club, Batman podría quitarse la capucha y presentarse con su verdadero nombre: Tyler Durden.

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